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Y por fin llegó

Dicen que cada uno es un mundo, que todos somos diferentes y cuanta razón tienen.

Cuando descubrimos que Marc estaba en camino, yo sonreí pensando en los 9 meses que tenía por delante, esas 40 semanas que con Pol habían sido un paseo y que pensaba disfrutar al máximo sin los miedos de una madre inexperta primeriza.

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Pero Marc resultó ser un bebé impaciente. Decidió desde el principio que el mundo de fuera era un lugar maravilloso y por mucho que yo le explicaba que dentro se estaba calentito y que tenía que esperar, no había manera de convencerle.

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Él pataleaba y se movía sin parar y mi cuerpo generaba contracciones a diestro y siniestro que me mandaron directa al reposo absoluto. Varias visitas al hospital y alguna ayudita externa consiguieron convencerle en el último momento de que cómo en la barrigola de mamá no se estaba en ningún sitio.

Tanto, que llegado el mes de Junio decidió relajarse, las contracciones desaparecieron por arte de magia y la semana 40 pasó de largo, igual que la 41 y el peque seguía jugando al futbol tranquilo dentro, sin ninguna gana de salir fuera

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Decidí tomármelo con calma, relativa. Pensé que ningún niño se queda para siempre en la barriga de su mamá y que ya llegaría el momento de tenerlo en brazos.

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Me monté mi cuenta atrás personal y cada día retrataba mi barriga todo lo que las naúseas y las contracciones no me habían dejado hacer todos los meses anteriores.

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Viví el mes de Junio como una especie de luna de miel con mis dos chicos.

Hubo cenas románticas de dos, tardes largas de juegos, primero de tres y luego de cinco, ratos de no hacer nada, largas conversaciones entre hermanos hasta caer rendidos del cansancio, paseos y excursiones.


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Aunque no podíamos esperar para verle la carita, quería disfrutar de los últimos momentos de familia de 3 y mamá de 1, esos momentos que se iban y que no iban a volver.


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El 27 de Junio, cuando estaba a punto de irme a la cama cómo otro día cualquiera, volvieron las contracciones como por arte de magia. Marc el impaciente había decidido que venía y no pretendía esperar.

No más de una horita nos dio para presentarse, lo justito para llegar al hospital, pero no lo suficiente para ponerme todos los cables o dejarle tiempo al anestesista a plantarme la epidural.

Y no importó. Porque él quería venir y nosotros estábamos allí para recibirle. Y así, en un segundo, nos convertimos en una familia de cuatro.

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¡Bienvenido Marc. No sabes la de aventuras que nos quedan por vivir.!

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Vientos que cuentan historias

Hoy Pol no se podía dormir.

Vivimos en la esquina más esquina de una península, dónde todos los vientos parecen juntarse y hoy, noche de Otoño dónde las haya, todos soplaban al mismo tiempo.

otoño


4 veces creí dejarlo dormido y las mismas veces le oí llamarme con voz bajita: "Mami, ven aquí".

Al final, viendo que no se dormía y que me agarraba con más fuerza cuando los vientos iban a más, se me ocurrió decirle que los vientos estaban contando un cuento y que teníamos que escuchar atentamente para ver si lográbamos adivinar cuál era.


leyendo


Podía ser el lobo diciéndole a los tres cerditos que les iba a tirar la casa, o quizás el gigante que mientras buscaba a Jack iba cantando muy fuerte: "Phi, Pha, Pho, Phu."

Parece que mi explicación le convenció, porque sentí cómo se relajaba y se dedicaba a escuchar al viento hasta quedarse dormido. Tendré que recordar preguntarle si consiguió adivinar cómo acababa la historia.

durmiendo

[Vuelvo por aquí porque los vientos que llegan a esta ventana llevan tiempo llamándome. 

Me llamaban mientras estaba de baja médica y me han seguido cantando ahora que somos una preciosa familia de 4. 

Estoy de vuelta, aunque en realidad nunca me fui. Espero que sigáis por ahí. Id volviendo, yo os espero.]

Mathildedal Ironworks. La vista de un niño.

A veces los sitios merecen la pena por el paisaje, por algún monumento que hay que ver, por la comida que sirven cerca o simplemente porque tienen uno de esos hotelitos monos en los que apetece desconectar y pasar el fin de semana.

Yo elegí Mathildedal Ironworks por la pinta del hotelito. No sabía exactamente dónde estaba, ni lo que nos íbamos a encontrar, por eso fue una delicia triple cuando descubrimos que estaba localizado en un paraje precioso: cerca del mar, de lagos, de río y hasta de una montaña,

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que estaba dentro de una antigua zona industrial recuperada con mucho encanto, rodeada de mucho verde y granjas,
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y que el pueblo tenía el encanto de las zonas rurales finlandesas, tan difíciles de encontrar si no sabes dónde salirte de la carretera: casas de madera de colores, aire tranquilo y miles de detalles dónde mirar.

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Pero no os lo voy a negar, el que más lo disfrutó fue Pol. Había cientos de sitios que explorar, que escalar, que perderse sin que mamá y papá tuvieran que estar todo el rato pendientes o decirle que por ahí no se podía ir.

Foto sacada con el móvil

Pasamos el sábado explorando los alrededores. Por supuesto no nos fuimos muy lejos, de cada 3 pasos desandábamos 2 y siempre era un buen momento para sentarse a mirar la forma de las nubes o mirar como subían las hormigas por los árboles.

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Los tres nos llevamos un libro y cuando Pol decidía explorar, papá y mamá buscaban un sitio aparente dónde reanudar la lectura. No había prisa, sólo ganas de descansar.

Foto sacada con el móvil

Pero sin lugar a dudas, lo que más le gustó, aunque desde la distancia, fue ver a sus amigas las lamas.

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En uno de sus dibujos animados favoritos sale una lama que se llama Linda y visitarla era una tarea importante y diaria. Su carita la primera vez que las vio es una de esas cosas que no tiene precio.

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Nos quedaron mil cosas por hacer, pero el domingo tuvimos que volver pronto a Helsinki. Pero si decidís acercaros, hay un montón de actividades para hacer, no sólo pasear tranquilamente.

En el puerto cercano se pueden hacer todas las actividades acuáticas que se os ocurran, hay una playa muy cerca y un bar dónde sentarte a dejar pasar el tiempo. Al menos dos parques naturales rodean la zona y hay un montón de rutas de trekking para disfrutar de la naturaleza.

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También tienen muy cerquita un campo de golf y una montaña dónde practicar esquí en invierno y otras actividades cuando llega el buen tiempo. 

Nosotros ya nos lo hemos anotado para pasar allí San Juán. Parece que tienen verbenas, picnics, hogueras y varias competiciones dignas de ver. Pero eso ya será el año que viene, cuando seamos una familia de 4.

Instagram @conchig



Un pequeño paraíso escondido - Mathildedal Ironworks

Como este año las vacaciones largas están un poco complicadas y el bicho de viajar llevaba varios días importunándome, decidí volver a buscar algún lugar más o menos cercano en el que pudiéramos pasar el fin de semana.

Aunque Finlandia es un país precioso, yo he encontrado bastante complicado encontrar alojamientos con algún encanto dónde pasar unos cuantos días. Existe una red de alquiler de mökkis (cabañas) bastante ámplia, pero es difícil encontrar alguno que alquilen por periodos cortos de tiempo y que no esté alquilado desde tiempos inmemoriales (los fineses son bastante planificadores y reservan todo con meses de antelación).

flores-secas


Está vez buscaba más algún bed and breakfast o alguna granja que ofreciera alojamiento a familias y después de mucho buscar me encontré con una página que me llamó la atención. No sabía muy bien dónde estaba, pero google maps me confirmó que estaba a menos de dos horas de Helsinki y eso fue todo lo que necesité para llamar y reservar.

Íbamos a la aventura, ¿no os encanta esa sensación del qué me encontraré?, pero como ya me ha sucedido otras veces, la corazonada no defraudó.

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Mathildedal es una antigua zona industrial, dedicada principalmente al sector de la fundición. No es la primera que hemos visitado y curiosamente no está entre las más famosas como Fiskars o Billnas, pero a mí particularmente me gustó mucho más.

Gente del pueblo cercano, Meri-Teijo, decidió tratar de recuperarlo y yo sólo tengo palabras de admiración por lo que han hecho allí, teniendo en cuenta que no tienen permitido tocar estructuras, reconstruir fachadas o cambiar absolutamente nada en las edificaciones.

En los edificios que quedan de las fábrica han creado tiendas con mucho encanto, una cafetería monísima, un restaurante bastante bueno y el hotel en el que nos alojamos: Ruukin Majatalo.

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El hotel tiene sólo 8 habitaciones decoradas con muebles recuperados, lo que le da mucha personalidad. La número 8, la que nosotros ocupamos, es la más grande y a pesar de estar invadida por la cama supletoria de Pol, seguía teniendo su encanto.

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El desayuno se sirve en un edificio adyacente que también es una cafetería dónde sirven unos de los pasteles más ricos que he probado por aquí.

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Instagram @conchig

Además venden productos locales como mermeladas, dulces, ropa o juguetes hechos a mano. Tenían juguetes para los niños y hasta una pequeña biblioteca en la que, por una pequeña aportación, podías llevarte el libro que estabas leyendo en caso de no haberlo acabado durante tu estancia.

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Pero lo que realmente nos conquistó fué el paisaje y la cantidad de actividades que puedes hacer sin moverte del lugar.

Pero los alrededores, el pueblo  y alguna otra pequeña joyita os lo enseño en otros posts, prometido que merece la pena.


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Foto sacada con el móvil

¿Podréis esperar?




Mathildedal Ironworks
Ruukinrannantie 6
25660 - Mathildedal
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Hotel Ruukin Majatalo
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