Si a eso le unimos que la primavera ni ha asomado por aquí y que mi vecino de arriba ha cogido una extraña afición por los taladros (además de la que ya tenía de poner música clásica y ópera como si estuviera en el mismo Liceo), entenderéis que me quiera teletransportar a los días soleados y sin preocupaciones de hace un par de semanitas.
Me encantaría poder volver a los pueblecitos de los Alpes, dónde la vida se desarrolla sin coches y el tren es el único modo de transporte entre tanta nieve.
¿Y en la decoración de las entradas?
Casi todas las casas estaban decoradas con motivos de Pascua: conejos, huevos, flores,....
¿Y en las esquilas?
Volver a Zurich, ciudad de la que me declaro enteramente enamorada.
Ciudad grande y llena de movimiento a una orilla del río y a la otra la ciudad tranquila, llena de callejuelas y tiendecitas donde perderse.
Cruzando el puente:
Calles, calma, balcones, colores,...
La vista no sabe dónde mirar con tanto arte.
Y para reconciliar la una con la otra, el lago.
Sus orillas estaban a rebosar de gente que quería disfrutar del sol.
Oficinistas, grandes ejecutivos, madres con sus niños, viejitos, alternativos, gente sin techo, amigos, compañeros, desconocidos,...
A veces todos somos iguales y queremos las mismas cosas. Ese día disfrutar del sol y de las maravillosas vistas.
Sé que el sol llegará y que, sobre todo en estas tierras, no se irá. Mientras tanto, seguimos caminando hacia él.