Empezó a nevar en Noviembre y casi no ha parado hasta ahora.
Si no fuera por las benditas quitanieves, andar por la calle sería como andar en el desierto: dícese del ejercicio de meter la pierna hasta la rodilla y volverla a sacar, mientras se trata de recorrer un único metro. La única diferencia serían los pies carámbanos, claro está.
De los tres inviernos que llevo aquí este se lleva la palma.
Nunca. Repito, nunca, habíamos bajado por debajo de los -10 graditos y este año casi se puede decir que esa temperatura es casi la máxima.
Voy a trabajar siguiendo el teorema de la cebolla: capa sobre capa sobre capa, para volverme a desnudar al llegar a la oficina y repetir el ejercicio a la hora de salir. (Ejercicio hago, eso sí. Eso sin contar lo sexy que estoy con mis marianos, mi térmica, el gorro calado hasta la nariz y la bufanda tapándome la boquita).
Y diréis: ¡¡¡¡EXAGERADA!!!!
Pues quizás si, quizás no haga falta tanta ropa para protejerse del frío, pero hoy cuando al llegar del trabajo me he mirado en el espejo del ascensor, he empezado a barajar la posibilidad del pasamontañas.
Si, si. No sólo tenía la cara roja como un tomate (ríete tú de las narices de los payasos), sino que además la pelusilla de la cara que ni sabía que existía (¿será verdad que venimos del mono?), estaba de punta, blanca y totalmente congelada. Vamos que me parecía al bicho de la película "Where the wild things are" (o "Donde viven los monstruos" en nuestro spanish de toda la vida).

En resumidas cuentas, que el paisaje es precioso, precioso, todo blanco inmaculado, pero que se disfruta mejor desde la ventana con un cafecito caliente entre las manos (o un carajillo si me apuras un poco)
Las imágenes de hoy son mi regalo de Reyes para todos vosotros. Preparé un calendario con mis fotos del año anterior y esta es mi selección de Enero.
Fotos de este año tendrán que esperar a la espera de nuestra última maleta perdida, lugar dónde reposan los cargadores.
Mientras tanto os deseo que allá dónde estéis, sea un lugar calentito.